La donna è mobile![]() "Buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar y darle espacio." LCiudadesInvisibles, ICalvino |
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VEINTICINCOAhora caminas a mi lado. Ahora sientes el peso de tu respiración en una habitación desolada. Ahora tus pies tropiezan, tus zapatos levantan. Ahora tu pie clavado al suelo. Ahora el ruido, el hedor, el color mortecino, la vibración. Ahora la ventana y gris por dentro y gris por fuera y gris encima y gris sobre todas las cosas. Ahora el óxido cubriéndote. Ahora sangre y semen y bilis y mierda. Acércame un vesito de agua![]() Cuando la enfermedad se adueñó de ti fue poco a poco separándote de los nuestros. Con la falta que nos has hecho siempre, con lo que yo he vivido de ti. Con lo que te necesito. Qué injusto ver que te apagabas con la dignidad suficiente como para hacernos sentirnos estúpidos por verte tocada de muerte. Te quise más, si eso es posible, por evitar con tu sufrimiento el nuestro, por desterrar de nuestra casa la negrura de tu marcha. Por reírte de tu condena, haciéndome testigo de tus noches de insomnio, de tu dolor silente, de tus largas caminatas nocturnas por la casa. De tu anticipo. Y egoísta, cerré los ojos ante lo inevitable, me aparté de ti para no dejarme perforar, para quedar en lo posible al margen de cuanto pudiera dañarme. Decían los médicos que sólo un milagro podía ya salvarte. Que te hablara. Que te hacía bien. Y ahora, cuando se ha hecho de día y puedo mirarte a la cara, es cuando me parece imposible no haber tenido que pagar precio alguno por recuperarte. Ahora, mi tesoro, te quiero como antes no pude ni supe hacerlo. Ahora regresé, como lo hiciste tú, para no soltarte de la mano. Y ahora, paloma, me parece mentira tenerte frente a mí, ahí, como si no te hubiera pasado nada, que hay que ver qué fortaleza la tuya. "Acércame un vesito de agua", dijiste abriendo la cara a la vida como si tal cosa. Y yo te acerqué un vaso, y mirándome a los ojos, desde lo más profundo de ti, sonreías al pensar que no te había entendido. Como siempre, pensarías. Como siempre. ¡Cuánto tiempo! (o improvisación al cibernauta enamoradizo)![]() Fueron pocas risas las compartidas, muy pocas. Y ahora son agua clara de nuevo. Ahora vuelven a correr entre las rocas. VEINTISÉISCamino junto a la caja ralentizando mi paso para no adelantarme al parsimonioso avance de fúnebre paseo acompañando un féretro hediondo entre cintas trasportadoras que acarrean lentamente miles de cajas en un interminable funeral. Dos microrrelatos del té (vale, amorosos y de ausencia, pero "del té")Por las noches la arrebuja entre los brazos, lloriqueando, buscando su vientre. Su niña se echa encima con dependencia, inconsciente, y él se queda mirando, prendiéndose a fuego vivo mientras imagina que sólo es un revoltijo de sábanas con forma de mujer. Pero no, loca preciosa, hasta en sueños le está queriendo, cálida pero temblorosa, oliendo a té de cereza, de vainilla, a ratos de finas hierbas. Perfumando largas noches que él pasa así, poniendo a prueba su amor, el de ella, la osadía de enterarse el primero cuando dejará de amarle y la resistencia del colchón, que parece bueno. En un rincón apartado, acariciaba círculos sobre la mesa y gimoteaba. Echaba mano de bonos atrasados de dignidad pero los párpados se le cerraban sobre lágrimas que rogaba no derramar. En vano, en silencio, en un llanto amargo por una batalla perdida contra sí misma. La última. Una de las voces le devolvió al presente. Se despedía. Los demás también se levantaron y se fueron. Ella miraba el poso de su taza de té adivinando, en plena floritura de un colmo inacabado, el alegre rostro del ausente. Nerviosa y azorada, desplegó una sonrisa atolondrada y le saludó con la mano. ![]() La ausencia maldita, que no me suelta. Muchas veces, haciendo terapia de grupo con mis hermanas y riéndonos de lo que más daño nos ha hecho, nos acordamos de nuestro padre. Uno nunca se atrevería a tocar nada de su vida, no fuera cosa que todavía fuera a torcerse más, pero si yo pudiera cambiar algo de todo cuanto he vivido, le cambiaría a él. Aunque tampoco es eso. Dejémoslo en que hubiera preferido tener otro, y que a él hubiese estado sí, en mi vida, pero no sé, como dependiente de la droguería (donde de pequeña me enviaba mi madre a comprar colonia a granel, ¿alguien se acuerda que también despachaban así el aceite, y había que ir a comprarlo en garrafas? qué preciosa era aquella burbuja dorada que subía tan lentamente) o si no puede ser, mira, como marido de la panadera. Así no lo borro del mapa. El caso es que muchas veces me pregunto qué hubiera sido de mí si hubiese disfrutado de un padre “normal” ¿Y qué sería yo hoy día, si en lugar de una bestia parda, mi padre hubiera sido un refugio para nosotras, empuje, ilusión? ¿Y con qué cara me enfrentaría a la vida si pudiera olvidarme del miedo que pasé? ¿Qué es lo que todavía no sabría, si borrara las horas que pasé debajo de la bolsa del pan, escondida, viendo cocinar patatas fritas a mamá temiendo que me llamara? ¿Dónde está la niña de las coletas que se sentaba con miedo en sus rodillas a leer los diarios? ¿Y qué clase de infancia era aquella? Ahora charlo con otros padres y me caen lágrimas de alegría. Salen esta noche con sus hijos, les compran juguetes, los adoran. Son un colchón para sus caídas en pleno vuelo, un firme apoyo, una referencia. Darían cualquier cosa por verlos felices, por saber que crecerán y no les quedará ninguna púa clavada así, tan fea y tan negra como ésta. Y aunque ya sé que las comparaciones son odiosas, hay que ver qué daría yo por haber tenido un padre “normal”. Y que él me perdone, pero si se pudiera, esta noche (vale, esta noche y nada más) me metería en una de esas familias a ver qué es eso que se siente, qué cosa es, que años y años después, despierta sonrisas y nostalgia. En la noche de Reyes: la niña de las coletas, año 2.005 VEINTISIETEVerá, la caja no estaba donde debería. Los hombres del puesto de control esperaron en vano, así que mandé un grupo a buscar la caja. Volvieron con las manos vacías diciendo incongruencias sobre lo que habían visto en la nave, excusas que pensé eran para justificar su fracaso, así que personalmente acompañado de dos operarios de control me puse a buscar la caja. Empezamos desde el punto donde debería haber estado hace cinco días y seguimos el recorrido de la caja. Supongo que el primer grupo había seguido el mismo camino, el suelo estaba lleno de huellas de zapatos, aunque debo decir que uno de los pares de suelas no coincidía con el calzado reglamentario. Continuamos el camino hasta llegar al atasco creado para detener la caja y someterla al rutinario control, pero los hombres decían la verdad. La caja no estaba allí. Diego Rivera y Neruda, "Soneto XVII"![]() o flecha de claveles que propagan el fuego: te amo como se aman ciertas cosas oscuras, secretamente, entre la sombra y el alma. Te amo como la planta que no florece y lleva dentro de sí, escondida, la luz de aquellas flores, y gracias a tu amor vive oscuro en mi cuerpo el apretado aroma que ascendió de la tierra. Te amo sin saber cómo, ni cuándo, ni de dónde, te amo directamente sin problemas ni orgullo: así te amo porque no sé amar de otra manera, sino así de este modo en que no soy ni eres, tan cerca que tu mano sobre mi pecho es mía, tan cerca que se cierran tus ojos con mi sueño. Recordar e viver![]() El día de su cumpleaños amaneció claro. Un día excepcional para una cara pantanosa. Se había pasado la noche en vela pensando qué diría a sus familiares cuando, llegada la hora de invitarles a cortar la tarta, su feliz media naranja no estuviera presente. Se devanó los sesos ideando mil excusas, mil ramos diferentes de flores carísimas que haría llegar en el último momento, una llamada automática que haría sonar su teléfono justo antes de soplar para después apagar las velas con el rostro cargado de lágrimas ante sus familiares por la mala noticia de una ausencia justificada. Pero nada le pareció creíble. La farsa tocaba fondo. -¡Sopla! ¡Sopla! Risas generales. El ambiente era el esperado. Había salido al paso de las inquisitivas preguntas de los suyos improvisando con suficiencia. Pero el tiempo pasaba, nada lo detendría e inexorablemente corría en su contra. La cordura en juego, su locura y desesperación al descubierto, su felicidad estoqueada y expulsada para siempre al rincón más oscuro. Ni tan siquiera los regalos conseguían calmar aquella inquietud. El último paquete lo abrió con todos los sentidos pendientes de su ahogo. Dentro había un teléfono móvil. Sonó. Presionó una tecla y una voz masculina hablaba al otro lado de la nada. La voz se comunicaba con total naturalidad, sabía todo de ella, le felicitó por su cumpleaños, le informó de su amor, aseguraba ser un obstinado en su corazón. Sabía todo de ella y se comunicaba sin cuidado, sin temor, conquistándola con su tono adictivo, haciéndola caer en aquel torrente de disculpas por ausencias ya previstas y absolutamente imperdonables. Miró a su alrededor y encontrando caras de estupefacción en los suyos, señaló con naturalidad hacia el teléfono y tapando el auricular, dijo: -Seguramente ahora dirá que no puede venir. Dominada por lo inesperado de la llamada, colgó el teléfono. Despidió a sus parientes entre risas nerviosas y ataques de ansiedad. No era posible que aquello sucediera en realidad. O sí. Creía estar pasando algo por alto, algo importante. Pero no recordaba el qué y pronto dejó de preocuparse por ello. Mientras recogía, analizó con un marcado estilo surrealista su suerte y fueron tan bien recibidas las conclusiones que centró todos sus esfuerzos en creérselas. Se acostó inquieta pero extrañamente feliz. Una mano se deslizó por su pelo, respiraron cerca de su nuca y asustada, creyó morir cuando susurraron en su oído: "te extrañé". Abrió los ojos inmediatamente, reconoció la voz. La misma que la del teléfono. Se giró y encontró sonriendo del otro lado de la cama un ser medio desnudo que la miraba familiarmente cálido. Se hundieron el uno en el otro como lo hace el filo de una espada en una víctima dispuesta. Pronto sonó el despertador. Comprendió que como otras veces, todo había sido un sueño y se levantó de la cama con el pie izquierdo e importándole un pimiento, abandonándose a su ya segura, rubricada y temida, mala suerte. Al pasar por delante del espejo se detuvo, ese no sería un buen día. Se sentía más sola y vieja que nunca. Y rara, muy rara. Volvió a la inquietante certeza de que pasaba por alto algo importantísimo. En la habitación alguien se movía entre las sábanas para, dándose media vuelta, volver a quedarse dormido. A los pies de la cama, una maleta cerrada con un abrigo apoyado sobre ella. En la mesilla de noche, un billete del puente aéreo acompañado de decenas de tarjetas de visita y alguien dormido. Alguien de ida y de vuelta, que nunca está y cuya presencia ya ni es. Alguien de visita desde algún hermoso recuerdo que quizá si su soledad no le hubiera hecho saltar de la cama apresuradamente, habría encontrado a la luz del día y alguien del que quizá hubiera querido despedirse. Petrossian![]() No debía tener más que media docena de clientes fijos cuando conocí a Miyake. La primera vez que me quedé a solas con él, calculé que esa boca suya había que besarla de por vida, que incluso una eternidad sería insuficiente y que bien valdría empeñar varias en saldar ese deseo. A ello me dediqué. Le besaba a toda hora, como las locas; le hablaba a labio pegado porque no era capaz ni veía el sentido a mantener la distancia. Hasta que empachada de tener que separarme de sus besos, harta de pensar durante todo el día en la hora de su vuelta, me llevé su boca a casa para tenerle a mano y profanar esa bendición cada vez que me viniera en gana. Así fue como descubrí que me equivocaba. Preparaba una cena de encargo y por muchas ganas que tuviera de suspender lo que tenía entre ollas para dedicarle horas enteras al objeto de mi perdición, me puse el delantal y manos a la obra. Sobre la mesa, junto a la coliflor en ramilletes que acababa de cocer para el soufflé, podía vigilarla a la perfección. Si me retiraba un poco, la seguía con el rabillo del ojo. Mientras se derretía la mantequilla la oía saludar al camarero y cuando añadía la harina la oí pedir el cortado. Qué boca. Para cuando mezclé la coliflor con el queso, le añadí las yemas, las claras a punto de nieve y engrasé los ramequines, ya estaba fumándose un pitillo, bien satisfecha. Rellené los moldes y los espolvoreé con más queso. Los metí en el horno y planeé comerme esos labios fascinadores mientras esperaba a que subiera el soufflé. Pero antes de que pudiera cobrarla, cuando ya cerraba mis ojos para hacerla mía y la masa comenzaba a subir alegremente, la boca sonrió y comenzó a besar. A otra. Podía verle hacerlo, tan frágil como parecía, tan lenta y delicadamente como me besaba a mí. Con la misma cadencia, con el mismo deseo, aprisionando otros labios que no eran los míos. En una pausa, incluso se mordió febril el labio inferior, cosa que jamás antes le había visto hacer conmigo. Miré al horno y el soufflé cayó en picado. La sangre brotaba de mis ojos igual que se desparramaba la masa de coliflor por la bandeja del horno, abrasando a su paso, inflamando rabia e ira. En doce minutos, lo que tardó el plato en rendirse a la poderosa fuerza de la gravedad, se amordazaron todos mis sentimientos y rebosaron pierna abajo hasta alcanzar el suelo y su boca, selecta, seguía acompañándome sobre la mesa. Me acerqué a ella y allí estaba, fresca, altiva, pronta a dejarse mimar una y mil veces más. Arrebatada de celos puse aceite en una sartén, freí en ella pimiento rojo, verde, cebolla, calabacín y berenjena. Cuando todo estuvo dorado, añadí los labios carnosos y los dejé cocer unos minutos. Desprendían un jugo y un aroma que no podré olvidar, extraordinarios; un perfume que embriagó mi cocina por completo, que impregnó mis pucheros, que se posó sobre mi piel. Chupándome los labios reconocí su sabor. El confite sabía a sus besos. Comencé a añadir una cucharada de este preparado a todos mis guisos. Esta es, por así decirlo, la pata del banco de toda mi cocina. Desde que hice ese despechado descubrimiento, no he tenido inconveniente en seguir preparándolo con las bocas de mis sucesivos amantes pero al final del día, cuando regreso a casa me encierro en mi dormitorio. Abro el cajón de mi tocador y extraigo un pequeño guardapelo con las iniciales D.M. Lo acaricio durante un buen rato, todo el que puedo aguantar antes de abrirlo y deslizar la yema de mis dedos sobre la crema que contiene, para excitándome, extenderla sobre mis labios, dejando que mi deseo se me escape por la ventana, atravesando las rosas y la verja de mi jardín. Hacia el Sur. INFORME MENSUALPor Aquel cuyo nombre no debe ser pronunciado, guía máximo, esplendor radiante de inconmensurable sabiduría, rector de nuestro albedrío, afirmo: Ésto se llama meter la cabezaDesde pequeña he reservado largas horas de mi vida a la contemplación de la vida sin más, a sentarme a mirar, a desarrollar y alargar lo que veía, a dar más color y más vida a cuanto me rodeaba, a exprimir el mundo que se abría ante mí. En mi ensueño conviven personajes de ficción con cosas a las que he dado vida, almaceno centenares, miles de frases, de instantes, de secuencias, de caras, de voces, de sonidos, de recuerdos, y con todos ellos compongo escenas que entretienen mis horas de reposo. Retratos alejados de la realidad, creaciones que solo la cabeza de un chalado sería capaz de ingeniar. Aunque también rememoro y estudio el pasado, deleitándome en cada instante; y hago lo mismo con el presente, al que exprimo hasta la última gota y del que no perdono ni el más minúsculo de los matices. Armada con esa mezcolanza y unos buenos genes me enfrento a una recopilación de cuentos como los que ya he contado a mis hijos cuando nos quedamos casi a oscuras en la habitación por las noches, y ellos, angelitos, dejan que les brillen los ojitos por última vez antes de dormir. Lo más importante de los cuentos, lei alguna vez, no es lo que cuentan, no. Lo más importante de los cuentos es QUIEN y COMO los cuenta. Carmín de garanza y lengua de gatoAndaba distraída por la calle pensando en mis cosas, cuando una brisa alzó las hojas del suelo. Me embelesé mirando las formas en que giraban dentro de aquel poco predecible remolino, y comprobé al bajar la vista que el mundo parecía haberse paralizado. Las gentes permanecían estáticas unas frente a otras detenidas en plena conversación. Los pájaros se sostenían en el aire y los coches, las motos y las bicicletas se mantenían quietos y equilibrados bajo los inertes cuerpos de sus conductores. Hice un intento de moverme, y sí, podía, levanté una de mis manos y en ella había una paleta de pintor colmada de colores al óleo: amarillo Nápoles, rojo cadmio oscuro, verde vejiga, carmín de garanza claro y oscuro, negro marfil, bermellón, violeta cobalto, gris frío, sepia. Todos parecían saltar de donde estaban y elevándose sobre la madera describían picos, puntas, curvas. Estaban perturbados. La otra mano se abrió paso hasta mis ojos y descubrí en ella un pincel. De esos con punta de lengua de gato. Insistía tercamente en echarse sobre los colores y acabó impregnándose de cuantas nuevas mezclas creó con sus giros y locas acrobacias. Miré a mi alrededor, debía ser la única persona móvil de todo el paisaje y era el pincel quien guiaba mis torpes pasos. En primer lugar me llevó hasta la puerta de un restaurante donde enzarzados en una pelea, discutían dos maleantes. Uno de ellos levantaba algo contundente con lo que abrir la cabeza de su discutidor contrincante. La brocha se abalanzó sobre la escena, e hizo desaparecer el palo dibujando en su lugar una pequeña margarita. Esta acción me dejó boquiabierta, aquello superaba con creces cualquiera de mis arrebatos imaginativos, pero la cosa no se detuvo ahí. El pincel unió las caras de varias personas que se encontraban hablando dibujando en ellas amor a manos llenas; iluminó pupilas y atiborró las manos de las gentes de flores de vivos colores. Aplicó color y pétalos de rosa al cielo y le dio al sol una hermosa capa nacarada. El pincel corría y yo con él, a una velocidad tal, que me faltaba el aliento y apenas sí podía respirar. Toda una serie de correcciones tuvieron lugar detrás: dibujé un enorme gramófono en el centro de la calle y en él girando mi música favorita. Las copas de los árboles ganaron en altura, las sombras que ofrecían en tibieza, y los pájaros que anidaban en ellos, en número. Al gruñón del panadero le dibujé unos críos haciéndole cosquillas, al niño perdido una mano firme donde agarrarse y tras ella, una madre cálida y de confianza. A los matrimonios que andaban por las calles les volví a juntar de las manos, a sus hijos les borré las maquinicas de juegos y en su lugar puse libros de aventuras. A las más presumidas les desdibujé los vestidos y las dejé en ropa interior, y a las más feas las vestí con hermosos diseños que creé sobre la marcha. Al calvo, le dibujé una mata espectacular de pelo. Añadí más color a las ropas y a las caras de todo el mundo. Brillos y más brillos plateados, todos los que quise. Al final, acerqué la paleta a mis labios y soplé muy fuerte, el resto de colores quedó delicadamente suspendido en el aire y cayó despacito sobre todas las cosas. La tabla desapareció de mis manos y también el pincel, me senté a esperar en uno de los bancos de la calle segura como estaba que si aquello se trataba de un proceso formal, debía haber terminado y al cabo de unos minutos, la suave brisa que se había apoderado de la calle cesó y todo recobró movimiento. Quedé allí, feliz, observando las caras sorprendidas de quienes se encontraron besándose por sorpresa, la violenta entrega que el maleante hizo de la margarita y que el otro cogió entre risas; la caída de los pétalos de rosa, tan lenta como se pueda imaginar, tan inagotable como fuera posible. Escuché las risas del panadero entre los grititos de los chiquillos, vi la mirada de satisfacción y sorpresa del matrimonio ante aquel gesto inesperado y las exclamaciones de placer de sus hijos embutidos en las hojas de sus libros. Reí a carcajadas al ver entrar al ex-calvo a una tienda y salir de ella con un peine, dándose y dándose pasada tras pasada con él, emocionado. Las caras horrorizadas de las presumidas y las risas de sus vecinos al verlas correr calle abajo medio en cueros; hasta que muerta de sueño me decidí a volver a casa con las manos metidas en mis bolsillos sosteniendo mi único y más fiel amuleto, un tubo de carmín de garanza amarrado con un cordón a un pincel lengua de gato. Mi favorito. VEINTIOCHO(Demasiado tiempo rodando... detenida en la mente de un simple... lo que no se debe mencionar... lo que nunca se debe decir) Del cielo llueven los clavosLe voy a decir la verdad, mi esposo es un bendito. No he conocido otro como él, las cosas como son. Durante nuestro matrimonio siempre ha tenido detalles de santo varón: nunca ha renegado si se ha tenido que preparar él mismo algo que echarse a la boca, gustaba mucho de regalarme trapitos, supervisaba los escotes y los largos de mis trajes de pista y me sacaba a pasear con aquella mirada de fiero orgullo cogiéndome fuerte de la cintura. Las noches de jaqueca me perdonaba su desahogo, y cuando me ponía la mano encima ¡no era de capricho, no!, sino porque me lo buscaba. Que yo era consciente de todo eso, no se vaya usted a creer, y se lo agradecía como bien podía. Una gloria de persona, me cuidaba y se ocupaba de mí, no como ahora, que ya ve, en la cárcel que lo tengo. Cada año por mi cumpleaños me regalaba un juego de dagas —de estreno, ¿eh?— con nuestras iniciales labradas. Para un número como el nuestro hacía falta tenerse mucha confianza, y quererse mucho y bien. El día que amanecíamos torcidos, malo. Que menudo nudo se me ponía cuando el jefe de pista levantaba la mano y aparecíamos tras los telones, sonriendo hasta el cogote, con esos trajes de museo que tejía para nosotros doña Charro, paz que descanse, y el muy cabrón tenía que lanzarme los cuchillos entre el griterío del respetable. Eso había que pasarlo. Que yo siempre sabía cuando venía atravesado y hubiera querido desviarse y clavarme alguno en todos los centros, porque lo podía leer en sus ojos. Si estaba jodido se le arrugaba un poco el labio superior, así, ¿ve? Temblándole y como de lado, y le brillaba extrañamente la mirada, tal cual estuviera lejos y se me quisiera echar encima aullando. Daba un miedo que pa qué, y más de una vez se me mojaron las bragas de puro susto. Entre la música y las ovaciones era imposible enterarse, nadie se daba cuenta, sólo yo, que después tenía que frotar y quitar las manchas de la tabla porque allí mismo era donde le servía la comida. Teníamos un amigo practicante. A ése le gustaba ver el espectáculo y se sentaba en primera fila, frente a mí, de forma que tras el rostro de mi esposo lo primero que veía era el suyo. Cuando un cuchillo erraba, él sabía por mis gestos que debía esperarme en la caravana con la bolsa de primeros auxilios abierta de par en par. Yo acababa sonriente mi número y me retiraba cubriéndome con la capa. Hay que ver qué jodido es este oficio, cojones. Mi marido siempre le tuvo celos porque yo no tenía ningún pudor con él, y para hacer honor a la verdad, no fueron pocas las veces en que pudiendo aprovecharse de mí, no lo hizo. Se trataba de alguien legal, usted ya me entiende. La primera vez que mi esposo me hirió en la entrepierna, cerca de… bueno, de ahí, obró con tanta rapidez que no me dio tiempo a prepararme para enseñarle mi cosa a otro. Pero es que con él era diferente, no era como mi marido, era de otra manera, era… era poco macho. No le gustaba ni la cerveza ni el tabaco, algunas veces le vi hojeando libros con pinturas como las de los museos, con señoras desnudas. En esa época pensé que era un pervertido y le cogí repelús. Con el tiempo me di cuenta que el pobre no daba más de sí, y aprendí a aguantar su mirada mientras me volvía para vestirme después de cada cura, con ojos de cordero, a veces incluso suspirando. Era muy poco hombre. Mi esposo siempre se quedaba fuera mientras me curaba, pero una vez entró a trompicones en la habitación y lo echó casi a patadas. Estuvieron tiempo sin hablarse por aquello, pero como el practicante tenía muy poco fuste, al cabo del tiempo volvía con el rabo entre las piernas y para entonces mi marido ya ni se acordaba de lo que les había enemistado. Le digo que su corazón no le cabe en el pecho. Aquélla vez atrancó la puerta, sacó uno de los cuchillos de su bota y me echó encima del tocador. Me lo puso en el cuello y se bajó los pantalones. Tenía los dientes apretados y venía furioso, me rompió las medias y separó mis piernas. Como un animal se subió sobre mí y puso sus dientes contra los míos, mascullando palabras: “mía”, la que más, y estuvo por lo menos una hora y pico haciéndomelo sobre el tocador; mucho rato, ¿eh? Ya no quedan hombres así. Me hacía sentir muy mujer el cabrito. Después se iba a la pista y se hinchaba a tirar cuchillos, no tenía hartura. Cuando creía que me había dormido se metía en la cama y se acurrucaba a mi lado mientras seguía susurrándome lo suya que era. A veces me hacía la dormida, y otras me volvía y me dejaba manosear un rato. Nunca supe decirle que no a nada, y además lo que pedía era tan poco en comparación con lo mucho que él me quería, que a mí se me hacía muy cuesta arriba negarle lo que fuera. No había conocido otra vida ni pariente alguno. Apareció un día en las escaleras de la caravana de las chicas del coro y se crió en el circo, ayudando a unos y a otros, soportando casi el mismo trato que los animales y durmiendo con ellos durante años, hasta que a mí y a la casualidad se nos ocurrió asomarnos a la tapia del circo, camino del colegio, y le vi trajinando maromas con aquella fortaleza con la que lo resolvía todo. Mi padre puso el grito en el cielo. Él me miró de arriba abajo, silbó y fíjese, nos presentamos como pareja artística y debutamos con cuchillos el mismo día de nuestra boda, dos semanas después. Pero el practicante es que era otra cosa, me regalaba libros con ilustraciones y me explicaba lo que veía en ellas. Eso fue en la época en la que se empecinó en enseñarme a leer. Pasaba mucho tiempo a mi lado. Yo estas cosas se las ocultaba a mi marido porque cada vez que le sacaba el tema me sacudía una paliza que me partía el espinazo. Hasta que un día sucedió lo inevitable. Cinco minutos antes de salir a pista yo todavía estaba a medio arreglar. Esto no había pasado nunca. Cuando mi esposo se acercó al camerino, me encontró hojeando un libro sobre África. Ya ves tú, el pobre, fíjese usted qué disgusto no se llevaría. El rato que pasé mientras me ataba las manos a la plataforma. No podía apartar la vista de aquel morro arrugado que me arrebataba la respiración. Me estampó dos cuchilladas en el pecho que lo llevaron derechito a la cárcel. Al poco de salir del hospital el practicante vino a visitarme, vestido de domingo, con un ramo de flores. Que pinta traía. Se sentó a los pies de mi cama y no dejaba de sonreír tocándose algo que llevaba en el bolsillo, vaya usted a saber qué, y mirándome con cara de memo. No recuerdo las palabras exactas pero en cuatro o cinco le dije que no quería volver a verle, que mientras estuviera mi esposo ingresado en prisión no seguiríamos con las clases. No dijo ni pío, se le puso color de acelga —ya le dije que siempre me pareció muy poca cosa—, y desde que salió por la puerta, no he vuelto a verle. La recuperación me está costando Dios y ayuda, pero voy saliendo. Si ya lo decía mi madre, que Dios no te mande, hija, todo lo que puedas soportar. Claro que ahora que faltan menos de cuatro años para que mi marido salga a la calle no puedo quejarme. Ya le tengo preparado un juego de cuchillos con nuestras iniciales para celebrar su salida, y grabé en todos: “tuya”. Porque su felicidad es la mía. Porque todo cuanto soy es gracias a él. Porque se lo debo todo. De torpes a gilipollas, pasando por los melones de albercaLa necesidad que tienen algunas personas de que les aclaren los conceptos (vamos, la sinceridad impuesta) es a estas alturas, imperiosa. Porque ojo, hay quien precisa que se le coja con pinzas y se le meta en un baño de claridad, así, así, con varios aclarados. Los hay al mismo tiempo que confunden los términos, que confunden los fines, los propósitos, las personas, los lugares. Los hay en definitiva, que no saben manejarse y se mueven como elefante en cacharrería bajo la atenta y descojonada mirada de quienes les observan, sin acabar de enterarse —ajenos a sus torpezas (para más INRI) y al tremendo papelón que están haciendo— de la penita que despierta verles patinar y patinar, sin solución de continuidad. Aquí, en este caso, la sinceridad se convierte en una labor humanitaria. Cristiana, incluso. No hay nadie con un corazón en el pecho que vea a otro ser humano hundirse en estos barrizales y le prive de una mano auxiliadora. Que no es eso, joroba. En la mayoría de estos casos es fundamental contar con un receptor con ojos y orejas (al cerebro ya lo hemos descartado). Captar las señales de aviso y derivarlas al terreno de lo útil es fundamental. Los hay que no cogen una, ni al vuelo. Y siguen a lo suyo. Dando el cante a la vista de todos y haciéndoles desear, pero de plano, arrancarse un brazo para darse con él en la cabeza antes que seguir contemplando tan triste panorama. Tan pocas luces. De estos personajes, auténticos torpes elevados a la enésima potencia (a los que un profesional de la salud mental, con diez segundos de observación, podría apellidar más ampliamente) puede esperarse cualquier extremo. Con un poco de suerte derivan en un torpón vocacional: un pato (todos tenemos alguno en la familia, pero inaccesibles al desaliento, seguimos dándoles oportunidades una navidad tras otra pidiéndoles por favor y que con mucho cuidado, lleven la fuente de pavo al curry a la mesa: para desastre de la vianda, la fuente, la cena y los camales de los pantalones de la mitad de la cuadrilla). Y en otras, con peor suerte y algo más de empeño: en un gilipollas. Los gilipollas aprovechan su torpeza para además, engalanarse con fechorías (fechorías del tipo "pues ahora te vas a enterar", con falsete de voz) que ellos mismos ven convertidas en medallitas, que válgame, se cuelgan ¡pam! como aquel mago, ¡ah, sí! el Magic Andreu, que no tenía ningún pudor en hacerlo. Son más previsibles que un semáforo y es mejor dejarlos a su aire porque en el pecado llevan la penitencia, y además, ¡qué leches! que les den. Y, at last, entre el pato vocacional y el gilipollas galopante hay, finalmente, una última categoría (¿a que lo bueno siempre se hace esperar?) a esta postrera la vamos a bautizar: melón de alberca. El melón de alberca (detrás mío comienzan a pasar las diapositivas, no las pierdan de vista) suele moverse por el ámbito de las internetes como pez en el agua. Hace uso del anonimato para, creyéndose más listo que Josele (que como todo el mundo sabe, era "pato" raso), intentar batir todos los records de permanencia y en muchas ocasiones lograrlo, con puntas de hasta veinticinco horas diarias; no sólo con un nombre, no, a veces con varios. A la hora que te asomes está. Flamante. Dispuesto. Con ganas de seguir metiéndola y quedarse más ancho que largo. Con la extraña manía, además, de creerse baladíes de una justicia personal y una venganza merecida que enciende el pelo, por absurda. Y se le deja, y va haciendo, y sigue, y dura, y dura, y dura. Y así, tan ricamente, se va sumergiendo en la red un poco cada día, un poquito y otro poquito detrás hasta que consigue tejer una red de seguidores, todos pendientes de sus melonadas (algunos, aficionados a las pipas) para ver hasta donde es capaz de llegar precisamente porque haciéndose daño a sí mismo, no hace daño a nadie, y tiene su aquel pillarle en los renuncios. Y en fin, dicen aquellos, mientras sólo sea ésto... Y hasta ahí. Lo malo viene cuando meten la pezuña en las cosas del resto, entonces sí. Entonces la sinceridad no sólo se convierte en imprescindible sino que, por increíble que parezca y como ya se dijo al principio, dejando a un lado el alivio o el placer añadido que suponga, es una labor humanitaria. Si se deja a su aire a este melón de alberca, lo más probable es que llegue a unos peligrosos niveles que después sólo se curan en la farmacia. Cuidado. Y claro, los testigos están en la obligación de echar un cable, del tipo que sea, para intentar derramar algo de cordura sobre el asunto, ya torcidísimo y muy decadente, que el melón de alberca tiene a bien denominar, su hábitat. Pero el melón de alberca es cerril y cabezón. Si hay algo que caracteriza al melón de alberca es que es capaz de seguir en sus trece hasta que la misma cabezonería le lleve al siguiente nivel. Por eso igual que se dice "antes que cocinero, fui fraile", muchos gilipollas dicen que antes de ser lo que son, fueron melones de alberca. En su tozudez, ya no son capaces de discernir entre las cosas más lógicas, ni entre el ridículo más espantoso y las mandíbulas asombradas y caídas de sus espectadores. Y ahí van, victoriosos y más listos que Josele (sí, el pato raso), además dándoselas de suficientes, y repartiendo dosis de culpabilidad así, con un juego de muñeca que para sí lo quisiera un masturbador profesional. ¡No hombre no! A éstos, cuando creen estar jorobando lo que hay que hacer es coger una buena sartén en forma de alegato, y darles en la cocorota además, recién comido. Es decir, con ganas. ¡Doing! Y si hace falta otra vez, y otra, ¡doing y doing! y así hasta que sean capaces de decir "veo la luz", y con ella, la esperada llegada de su salvadora: la vida ajena a la red, que parece mentira, pero está llena de agendas, de trabajos, de cosas que realmente sí importan, de responsabilidades inantendidas, de horas y horas de esforzada tarea y de, por qué no decirlo, de familiares a los que les va a encantar ver a sus melones de alberca, volver a casa por Navidad. Micro-sensaciónUna noche de tormenta desperté con el estallido de un trueno. Me revolví en la cama, recuerdo que sudaba y me tapaba los oídos, estaba aterrada. Cuando esto sucede y de forma casi automática suelo girarme y buscar un cuerpo cálido o unos brazos de matrimonio que calmen mi angustia. No había. Tanteaba a ciegas el otro lado y no encontraba rastro de aquella humanidad tranquilizadora, promesa de caricias y quietud, que aquietaba mis noches agitadas. Los relámpagos incendiaban la habitación y con cada restallido mi respiración se volvía más y más trabajosa. Creí escuchar un sonido desde el estudio, afiné el oído y me concentré en la música. Las notas de Hacia la llama cimbreaban hasta mis oídos con claridad. Dejé que la melodía se colara por las rendijas -mínimas- que mi perfil dibujaba bajo las sábanas. Me sumí en las decenas de pequeñas eclosiones que rozaban mi piel y en el dulce perfume de su espalda cuando se sienta al piano. Mecida en su presencia volví a quedarme dormida. Me acurruqué plácidamente entre los almohadones mientras la tormenta seguía cayendo, con toda brutalidad, en el exterior de mi casa. persequor persequi persecutusEn la mitad del océano hay una brújula volteada por la furia de las olas, expuesta a la lluvia y al oleaje, batida por el mar y dando vueltas empujada por el viento. Va y viene. Las olas la rodean, la empujan, sube, baja, se moja, se hunde una y otra vez, arriba, abajo, sin descanso. Negrísimos nubarrones se arremolinan sobre ella. Espesísimas nieblas la envuelven. Vela de noche en el centro de ninguna parte hasta el alba. De día contando eternas las horas bajo el sol. Y sin embargo, inquebrantable, no pierde en ningún momento el Norte. No olvides que por muchos que sean los golpes de mar que la acobarden, la brújula nunca se rendirá. Recuerda que cuando tengas paz en tu privilegiada atalaya, ella seguirá cabalgando la espuma sin tregua hasta tu playa. Y la mirarás. Y sentirás lástima de ti. Frente a ti se mostrará en la cresta de la ola, sufriente, radiante; mientras tú para alcanzarla golpearás inútilmente las rocas de la costa, furioso, iracundo. Y te arrastrarás por la arena extendiendo tus brazos hacia el mar, esperando encontrar entre los guijarros una de sus huellas para adorarla. Vuestras miradas se encontrarán una sola y última vez, y querrá volver de alguna forma a ti, y tú sabrás que podrías tenerla, de alguna forma, en ti. Olvídala, la brújula seguirá señalando inexorablemente al Norte aunque con ello dirija a más de un confiado marinero a donde no haya mar, ni Polo. Aunque con ello acabe alejándose del imantado poder que ejerces sobre su aguja, corazón de hierro. Marchará. VEINTINUEVEEn la caja más pequeña que está dentro de una de esas otras cajas que puedo ver desde la rendija de mi caja un hombre muere lentamente desangrado. Luego le descuelgan, le cortan los brazos y las piernas y lo introducen dentro de otra caja. Quiero gritar un nombre pero ya estoy vacío. "Idiota" el que lo leaAlguna vez, durante el tiempo que lleva abierto este chiringuito, mis amigos (y hasta mis familiares) me han preguntado “¿se puede saber qué leches es eso de las cajas?, tú nunca has escrito cosas así. Que lo tuyo es más sensiblón y como más cursi, hija mía. Te leo y tengo la impresión de que estás agarrando una depresión. ¿Estás bien? ¿quieres que vaya a verte?” a lo que yo, con una sonrisa socarrona, siempre decía, “estoy estupendamente”. Que no era faltar a la verdad. El caso es que cuando se me ocurrió abrir, un amigo que me honra con su aprecio y por el que siento una admiración acuosa (es decir: que me hago un charquito, porque vale muchísimo y porque nunca, desde que le conocí, se ha movido de su sitio: ni más cerca ni más lejos, sin dejar ni un solo día de asombrarme con sus capacidades, actitudes y aptitudes) se brindó a colaborar conmigo. Me entregó el sub-blog: “Idiota en una caja” en varios fascículos, como las enciclopedias. El valor que tiene el que lo hiciera para otras personas no pasará de anecdótico, pero para mí, que no es que sea muy mirada, pero sí muy agradecida, ha sido fundamental. Echando a un lado la importancia que pueda tener colgar aquí “cosas” (que tiene la que tiene, y no tiene más), para mí lo imprescindible es escribir. Me gusta. Sé que puedo mejorar y que voy a hacerlo, estoy en ello. Pero no quería estar sola porque soy muy inconstante y muy vaga. Si me llego a quedar sola, esto estaría lleno de silencios. Seguro. En cambio, un día detrás de otro he tenido que colgar uno de sus “idiotas” y con él, por vergüenza, algo mío. Así ha sido como me ha ayudado. No creo que eso sea capaz de hacerlo todo el mundo. Ahora voy a colgar la última de sus treinta entregas, y entre hoy y mañana, el resto de borradores míos que me quedan del 2.004. Tengo imperiosas ganas de forzarme a escribir desde el principio, con una hoja blanca-blanca a punto de nieve para llenarla de pasos, de pasos perdidos nuevos, con mi yo-escritora reciente que poco o nada tiene ya que ver con mi yo-escritora de hace unos cuantos meses. Es por eso que estoy bastante harta de retocar relatos que ya llevan en cartera algún tiempo. Ya no escribo igual, me atraganto con tanto por arreglar, no me gusto y tampoco me deja ese regustillo a satisfacción que sólo te da lo que tanto te llena. Pero hay que sacarlo, porque en el pecé no le voy a dar más vueltas (me niego en redondo, en cuadrado y en triangular). Así que un día más y estaré sola. El “idiota” se agotó (después de acompañarme durante un par de meses) y ahora me toca tirar de genes. Que Dios reparta suerte (y ganas), y que no nos pase ná. Aquí, en la Red y en fecha señalada, con gran admiración y agradecimiento para mi “idiota”, (aquí va una reverencia propia de otro siglo) Rosa TREINTA (y último)Acabar de una vez por todas. Olvidar, por fin, todas las cosas. Nada queda, salvo el olvido. Y así: Eppur si muoveEstuvo dos largas horas en el vestidor. Cuando salió llevaba puestas unas zapatillas rojas, sus zapatillas de ballet. Se cogió de la mesa y sin dejar de dudar de sus posibilidades elevó una pierna. Su postura consiguió ser académica. Dinámica, ágil, estilizada. Recobró aquella mirada orgullosa e inmodesta que tanto impresionaba a sus alumnas y finalmente, soltándose de la consola, anduvo de puntillas por toda la habitación. Cuando llegó frente al espejo y queriendo exhibirse dio tres vueltas sobre sí misma. En la primera se mareó ligeramente pero de sus venas resurgieron de inmediato, accionadas por resortes automáticos, las agallas suficientes para continuar el giro sin desfallecer; en la segunda respiraba el aroma del éxito tan fragante como siempre y se atrevió a subir los brazos por encima de su cabeza, desperezándose al baile, desentumeciendo los huesos. Para la tercera rodaba por el suelo. No resultaba fácil reponerse. La lesión física ocasionada por el accidente ya estaba curada, pero lo que le mantenía lejos de los escenarios era el miedo a la enfermedad que se le venía encima. Sus piernas parecían darle la espalda al horror y habían vuelto a la normalidad. Estaban en plena forma, en realidad se habían repuesto milagrosamente, sólo el pánico ataba uno con otro sus pies al suelo. Tras su último reconocimiento médico sintió como su cuerpo iba cogiendo peso -aún sin engordar un solo gramo- volviéndose pesado y torpe. En su imaginación veía sus pies enredados hasta las rodillas por metros y metros de cuerda y alguna noche soñó que los había perdido, despertándose empapada en sudor y buscándolos entre quejidos. Prestaba atención a otras actividades para mantenerse cuerda y lógica, se procuraba numerosos caprichos e imaginaba no necesitar la danza, logrando en escasas ocasiones obtener la certeza de que era cierto y que su tranquilidad estaba asegurada. El resto de las veces rompía a llorar aferrada a su bastón, golpeando el suelo con él haciendo uso de una ira que hasta entonces desconocía. Se apartó de todo el que pretendiera hacerle comprender algo a lo que ella no estaba dispuesta a enfrentarse, y harta de persecuciones y de cientos de intentos infructuosos de salvamento cabal, se refugió en el campo. "(…) Anduve por la finca, está todo como siempre. Se va a cumplir una semana desde mi llegada y las maletas aún no las he desempaquetado, de hecho no sé si llegaré a necesitar algo. He echado de menos el bullicio de la ciudad, pero el aroma de las rosas ha tomado al asalto mi yo civilizado. Sigo sufriendo pesadillas, enviaré un cable a la ciudad mintiendo a mamá para decirle que ya me encuentro mucho mejor. No quiero que venga nadie, eso también lo pondré. No me gusta mentirles ni ocultarles este último y desgraciado parte médico, pero sé que me resultará cargante seguir dando explicaciones. El mal sueño es el menor de mis problemas ahora que soy consciente de cual va a ser mi destino. (…) Hacía mucho tiempo que no podía respirar tan profundamente, me duele. La pureza de este aire es extraordinaria, es espeso, es mojado. Me intoxica sanamente. (...) Los ruidos me acompañan: el chisporroteo de la chimenea, el crujido del colchón de muelles, la cuchara revolviendo el fondo de mi taza de té, el goteo acompasado e incesante del grifo de la manguera que es audible desde todo el jardín, las risas de una pareja que suele venir a escondidas para besarse junto al lago. (…) Me resisto a recordar lo que me llevó a salirme de la carretera, pero aquella secuencia —el doctor entregándome el diagnóstico de mi enfermedad tras una rutinaria revisión médica, mi alocada salida del hospital cruzándome con cientos de rostros de seres sanos y envidiablemente maduros, los nervios con los que conduje por la autopista— me persigue, no puedo liberarme ni sedada. Me he acostumbrado a tomar pastillas para dormir y no es que me dejen descansar mejor, es sólo que apenas doy vueltas en la cama para conciliar el sueño. Es terrible saberse enfermo. A menudo me acuerdo de mis seres queridos. Cuando lo hago los imagino sin mí y su futuro no sufre variación alguna, no les soy imprescindible. He llegado a la conclusión de que no será tan grave.(...)” Cuando el cartero llegó a la hacienda la puerta estaba abierta, tras llamarla por su nombre varias veces entró, la buscó y la encontró muerta en el suelo del baño, agarrada a un frasco de barbitúricos. El funcionario, aterrado, llamó a la policía. Estos a su vez llamaron a sus familiares. Su madre anduvo deambulando por la casa, con los ojos llenos de lágrimas, esperando encontrarla girando en algún rincón, subiendo un pie sobre alguna de las sillas de la cocina o saltándose los últimos escalones. Cuando estaba al pie de la escalera, sobre el recibidor vio el correo y repasó las cartas dándose cuenta mientras lo hacía de lo inútil que suponía esta tarea. Esto sí la hizo llorar. Se le cayeron al suelo. Entre ellas había una con el matasellos de la capital y un tampón de "urgente". Venía del hospital. La destrozó entre sus manos y extrajo su contenido mientras se sentaba en las escaleras. "Diagnóstico erróneo", "nos es grato comunicarle", "esperamos sepa disculparnos", "esclerosis múltiple negativo", "nuestro servicio le hará gratuitamente una nueva revisión médica". Se puso en pie y subió a la habitación de su niña, buscó el neceser y extrajo las viejas zapatillas rojas de ballet, las apretó muy fuerte entre sus manos y se acercó a la cama donde habían dejado el cuerpo sin vida de su hija. Desnudó y besó sus pies, encallecidos y castigados por horas y horas de baile sin descanso. Los vistió de rojo y quedó quieta, quietísima contemplándolos, hasta que una ola de rabia y de celo se apoderó de su respiración y se desmayó. FadoSon las cinco de la tarde y vuelven a conectar la música. Los fines de semana y excepcionalmente el primer domingo del mes, ópera. Esta tarde las notas de Puccini llegan a mi de una forma tan pura, que resistiéndome incluso a compartirlo con mis compañeros, he preferido quedarme en la celda en lugar de salir al patio. Disponemos de un altavoz por cada corredor y tengo la inmensa suerte de estar situado frente a uno de ellos -un privilegio más por llevar en esta institución más de veinte años-, como poder traerme la taza de café a mi celda y degustarlo sorbo a sorbo en la intimidad de estas cuatro paredes. Esta mañana se llevaron a Bob y me he quedado solo. Bob era amigo mío. Las amistades que se hacen aquí dentro surgen de forma casual. Un día te sientas en un escalón y alguien se coloca a tu lado, protagonista como tú de una extraña danza de soledad y desesperación. Quizá comentando una pieza de música, maldiciendo al guarda, o clavando la mirada en el suelo uno es capaz de encontrar consuelo a tantos y tan largos días de encierro en la compañía menos esperada. Estos amigos, silenciosos cómplices de una fatalidad, no necesitan de largas charlas ni de confesiones a ras del suelo para necesitarse. La necesidad surge precisamente de lo que no somos capaces de contarnos y viene dada por nuestra condición de malditos. Bob y yo nos conocimos el cuarto sábado de mayo de hace tres años, durante la proyección de un documental sobre la vida y costumbres de una tribu africana, no recuerdo bien cual. Ambos elegimos el banco que había bajo la ventana, y centramos toda nuestra atención en el paso del tren de la costa, que descubrimos solo visible desde ese lugar de la prisión. Pasó dos veces. Una de ida y otra de vuelta, lleno hasta la bandera de despreocupados dispuestos a enfrentarse a un verano asfixiante a la orilla del mar. Nos emocionó ser testigos del presente, del que discurre ahí afuera. El mismo que imaginábamos, el mismo que recordábamos vagamente. El mismo que ya me hace dudar de qué color eran las magnolias que crecían en la puerta de mi casa. Yo no tengo familia. Tuve suerte con Bob, la suya venía a visitarle todas las semanas. Como él les hablaba de mí y de nuestra amistad, algunas de las visitas me las dedicaban a mí en exclusiva. Me traían chucherías y bombones. Me gustan los dulces. Algunas veces Bob me cedía su sobre de azúcar y yo me daba el placer de tomarla doble en el café; hasta que hará unos cuantos meses alguien pensó que tanto dulce no beneficiaba nuestra salud y cambiaron los sobres por pastillas de sacarina. No hubo protestas. Todo se vuelve amargo en este sitio y en lógica progresión, al azúcar tarde o temprano le iba a llegar la hora. Dichosa, maligna graduación que comienza al despertarnos diariamente -cuando la palabra diariamente alcanza su significado más amplio- en un lugar donde no se sueña ni por las noches, ni por el día, y donde nadie tiene nada que comentar salvo la excesiva temperatura de la leche o la falta de jabón en las duchas. Nadie habla de su inocencia, que se da por supuesta, porque molesta. Nadie habla del futuro, porque no existe. Nadie habla del pasado, porque duele demasiado. Nadie habla de sus familiares, porque recordándolos, se añoran, y si se añoran, matan. Nadie habla demasiado. Todos los días son idénticos al anterior. Hasta que alguien se marcha al pabellón de la muerte o hasta que a ti mismo te entregan tu fecha de ejecución. A mi ya me la han entregado en dos ocasiones. Es como una guillotina que ves caer sobre ti tan ralentizada, y después de ella no existe nada ni hay planes que concebir; o como una valla altísima sobre la que no alcanzas a ver más allá, ni te dejan, ni se te ocurre qué podría haber del otro lado. Es el final de todo y el principio de la nada. Es el camino único, el Cielo. No podemos ir al infierno porque no puede existir nada peor que esto y después de la inyección, lo único que puede haber es la Gloria. La mayoría de nosotros deseamos que llegue ese día con ansiedad. Dejar de vivir y despedirnos ya no nos asusta porque aquí está uno ya muy despedido de todo. Ya no le veré más. Tosca suena maravillosamente en esta sobremesa de domingo. Tengo que darme prisa. Pronto dejará de sonar y me he propuesto dejar de pensar en mis necesidades antes del final, debo hacerme rápidamente a la idea que nadie volverá para traerme bombones. Cuando acabe el café saldré y todos seguiremos bailando, pasillo arriba, pasillo abajo, hasta el día de nuestra desaparición. Mini-milagroTodavía quedaban trozos inexplorados y salvajes, mojados y fértiles. Fue cuestión de regar y exponer al sol. Allí donde nació el verdín estabas tú. Tú, que trepas ahora firme por mis piernas como el liquen y te agarras a mis hombros como la hiedra. Tú. No dejes de pasarte en primavera. MatarlaNo, no lo entiendes, lo que quiero es matarla. Me gustaría que nada de esto hubiera sucedido, no lo entenderías. Si alguna vez la recuerdo me duele, y aún así, sonriendo, me abandono en evocar lo que me hizo sentir, seguro como estoy por primera vez en mi vida que no se repetirá. Se clavó dentro, se agarró a las paredes de mi carne y no hay forma humana de sacarla. Me he peleado conmigo mismo, he revuelto cielo, he revuelto tierra, intenté irme lejos, lejos de ella. Pero no puedo. Donde quiera que esté, su voz suena en mi cabeza, su risa, el eco de sus pisadas cuando se acerca; veo su rostro cuando se echa sobre el mío para besarlo, su cabello sobre mi pecho desnudo, sus manos, las mismas que se posaban sobre las mías, a veces manchadas de pintura que ahora veo limpias, sin un ápice de color, vacías, echándola de menos, estirándose y renegándome por su ausencia. Se lo ha llevado todo, amigo, porque todo se lo entregué a ella, aquí no ha dejado más que dolor, locura y limpieza. Todo está en orden desde que se fue. Pero revuelto. Sé lo que me digo. Fíjate, si ahora se apareciera frente a mí, y tendiéndome su mano me la ofreciera para tomarla, tendrían que obligarme para cogerla porque se la maldije en mil ocasiones, y la odio, y no la quiero ver. Aún así, siguiendo el impulso que su piel desata sobre mi voluntad, la estrecharía entre las mías y la besaría porque mis labios no saben hacer otra cosa mas que besarla, besarla sin saber donde está el límite de mis besos, besarla porque así me lo pide con sus ojos que no brillan si no es ante los míos. Ella me enseñó dónde se esconde el placer de un solo beso, sus pausas, su liturgia, su ceremonia. No, no lo entenderías, yo lo que quiero es olvidarla. No sé como hacerte entender que queriéndola como la quiero, no hay persona a quien odie más en este mundo. Porque nada de esto debió comenzar. Todas las noches desde que se fue, me giro en la cama y la busco, pero no la encuentro porque no está allí. Entonces mis manos se pasean sobre las sábanas, tanteando, y yo, con los ojos cerrados, imagino que al siguiente movimiento la voy a tocar, y que estará frente a mí, mirándome fijamente, envuelta en ese halo de ternura y deseo, invitándome a su fiesta. Entonces lloro amargamente porque ni yo mismo consigo engañarme, y acabo abriéndolos para encontrarme con la realidad. Que no está. Que no. No amigo, lo que quiero es quitarme este recuerdo de la cabeza y no odiarla, ni quererla, ni desearla, ni evocarla siquiera. Me gustaría no saber su nombre, ni conocer el perfume que ha impregnado a fuego vivo sobre la almohada y que se resiste a abandonarla, a abandonarme. Pero lo sé, conozco su nombre y la quiero, y abrazo a medianoche la almohada y la estrecho tan fuertemente contra mi cara que a veces creo que moriré si es que me lo propongo, y aguanto un tanto más -enrabietado, ido, maltrecho, embriagado de su perfumada ausencia- e intento acabar con todo. Morir así, con mi cara agarrada a su recuerdo sería justo pago para este dolor. Pero no, no tengo valor para eso porque sé que si sigo respirando, si sigo evocándola y viviendo en su recuerdo, volverá. No puedo hacerle eso, me quiere y volverá porque es mía, así se lo dije: "eres mía". "Mía, mía, mía...". Que es mía, amigo, que lo es desde que la conocí. Mira, paseo por mi casa y los lienzos que dejó colgados se me clavan en lo más profundo, me hieren como espadas queriendo darme muerte; paso de una habitación a otra procurando no mirarlos, intentando huir de su llamada; bien quisiera agarrarlos y tirarlos por la ventana, destrozarlos, romperlos con sus mismos puñales y arrancar de cuajo los colores, las formas, los fondos. Bien quisiera sacarla de mi casa a patadas amigo, pero antes de hacer eso me arrancaría yo mismo el corazón y lo echaría al fuego porque no quiero verlo así: mustio, apagado, susurrándome muy bajo. Me digo a mí mismo que el tiempo curará cuanto ahora duele, me he jurado no volver a decir su nombre. Ana. Ana. Ana... Ay, Ana. Tengo que matarla, amigo, me va la cordura en ello. Llévame lejos amigo porque no consigo alejarla de mis pensamientos, tómame de las manos y llévame a cualquier lugar, no importa dónde, sácame de aquí. Pero tira fuerte porque no quiero irme. Tira con todas tus fuerzas porque te va a costar separarme de ella. Así, así amigo, llévame lejos, vámonos de aquí. ¡Espera! ¡Espera! Una última cosa. He de despedirme, dejar alguna nota, estoy seguro que volverá y cuando lo haga necesitará encontrarme. Dime donde estaré que ella pueda llegar. Dime, amigo, que iremos a un sitio que le será fácil encontrar, dime que no será tan lejos. Dime que volverá, miénteme, tú eres mi amigo. ¿Volverá, verdad? Ana. Ana. Mía. Mía. Mi Ana. Me niego a sacar más cosas del pecé, de lo que queda quizá alguna vez pueda aprovechar algún párrafo. Mañana será otro día. Qué ganas tenía de tomar esta decisión. Visitas pagadas al colmo (1)y lo hicieron tan bien, que se amaron por toda la eternidad. Viernes, 14 de Enero de 2005 10:18. [ + ]. Tema: Visitas pagadas al colmo No hay comentarios. Comentar. Visitas pagadas al colmo (2)Yo respondí arrobada: eterna, mortal, de otro mundo. Me mató. Le espero para poder reprocharle algo, lo que sea. Viernes, 14 de Enero de 2005 10:18. [ + ]. Tema: Visitas pagadas al colmo No hay comentarios. Comentar. Visitas pagadas al colmo (3)dudas a la plancha, dudas al ajillo, dudas en su tinta, dudas revueltas... Él dice: "te quiero", ella responde: "no me cabe ninguna duda". Viernes, 14 de Enero de 2005 10:17. [ + ]. Tema: Visitas pagadas al colmo No hay comentarios. Comentar. Visitas pagadas al colmo (4)Esta es la historia casi pornográfica de una cucharada de mermelada de fresa tras derramarse sobre un ombligo caliente: Hmm... Con final felizLa semana antes de mi matrimonio, siguiendo una tradición que se ha mantenido viva durante muchos años, mi prometido y yo visitamos la casa Tanaka. Es costumbre ir a ver a la señora de la casa y que sea ella quien bendiga la unión. Recibe postrada sobre la cama, inexplicablemente joven y vestida únicamente con un vestido de tafetán rojo. Tiene ciento treinta y dos años. Cuando entramos en la casa, que es atendida por las viudas del pueblo, sentí un escalofrío. Qué frío hacía allí dentro. Aún así, nos impresionó muy gratamente el estado en que encontramos no sólo el mobiliario, si no el ambiente general. Una vieja conocida, la madre de mi amiga Beatriz, con un protocolo que nos resultó chocante, nos condujo a la planta superior donde se encontraba la habitación del ama de la casa. Nos acompañaban otras señoras que no conocía pero que hacían muy bien su papel. Mientras subía los escalones, concurrieron a mi memoria muchas canciones de cuando era niña y tarareé aquella coplilla que cantábamos para jugar a la cuerda, "vestida de rojo su señor espera / dormida y sola a su amor vela", que no me pude sacar de la cabeza hasta que cruzamos el umbral de la puerta. Apreté la mano de mi prometido y nos acercamos a la cama. Doña Beatriz tomó asiento y comenzó a hablar: "Cuentan que un joven llegó a nuestro pueblo hará algo más de cien años. La señora Tanaka y él se conocieron y se enamoraron, sin más. Perdidamente y de una forma especial como nadie había visto jamás, fundidos como los fuegos de artificio y el cielo, como se aman un hombre y una mujer. En los ojos de ambos se leía una felicidad que irradiaba locura. Sonreían por puro placer, por pura inconsciencia. Se amaban locamente, no tenían reparos en demostrarlo. Hacían felices a quienes les veían, contagiaban felicidad, paz, armonía y muchísima dulzura. Durante algunos años vivieron en esta casa, hasta que él la dejó. Y ella, que quedó así, rota, ingrávida y sola, le espera eternamente. Los prometidos que con un pañuelo recogen una de sus lágrimas, glorifican su amor para siempre." Se trataba de una mujer aparentemente de mi edad, y sólo puedo decir que me pareció hermosa. Muy hermosa. Y que sufría mucho, de un modo dulce. Miraba hacia la nada como si viviera en sueños, y deseé que nada malo le estuviera sucediendo. Me dieron ganas de protegerla, de abrazarla, imaginé que podría aquietar su angustia. Se la veía tan triste. Tan triste. Alejándome de toda racionalidad me involucré en la magia y comulgué con el conjunto. Saqué mi pañuelo y secamos una de sus lágrimas. Lágrimas que parecían brotar desde el centro mismo de la tierra, lágrimas que pesaban como demonios, que llegaron a dolerme a mí misma y que no aliviaban el dolor de aquella espera. Las recogí con respeto pero absolutamente trastornada. Cuando salimos de la habitación y pisamos la calle, sentí como si hubiera estado soportando el peso de un saco de arena sobre mis pulmones, miré a mi prometido, me abracé a él con todas mis fuerzas y me sostuvo, en silencio, apretándome de tanto en tanto. Lloré en su pecho de rabia y de pena. Mucho rato. La boda se celebró según lo previsto. Fue preciosa. Me honra decir que todos los que acudieron la recuerdan como una de las más bonitas y sencillas. Pero me costó recuperarme de aquella casa, de aquella historia. El amor y la espera de aquella señora, su inmortalidad, el ardor de sus lágrimas. El shock dio paso a la alucinación, la alucinación a la curiosidad, la curiosidad al Registro Civil, el Registro Civil a datos, los datos completaron la historia, y la historia arrojó la verdad. Conocí el nombre de ambos, los datos de su unión matrimonial, la fecha. Seguí la pista de él, la seguí hasta dar con su nombre en el Registro de la Propiedad de la gran ciudad. En el Registro Civil. Encontré datos de una segunda boda, y di con la reseña de ésta en el periódico local con una fotografía del evento en sus notas de sociedad. Se besaban. Se besaban. Se besaban y ella lloraba. Se besaban y casaban mientras ella lloraba y esperaba vestida de tafetán rojo. Finalmente encontré su esquela. Llevaba cincuenta y seis años muerto. Me parecía necesario regresar a la casa y contárselo a ella. Me parecía justo que dejara de sufrir, necesitaba aliviarla y separarla de aquella angustia. Al fin había descubierto una verdad que la haría descansar en paz. Y pensar que se besaban. Y ella llorando vestida de tafetán rojo. Mi marido decidió acompañarme, juntos le diríamos, aún en sueños, la horrible verdad. Alguien estaba en deuda con ella por las bendiciones que había prodigado hacia nuestro pueblo. Alguien se lo debía. Debían contárselo y quise ser yo quien lo hiciera. Pedí a doña Beatriz que me dejara subir de nuevo a la habitación. Me acerqué decidida, le tomé la mano. Comencé suavemente con la historia pero gradualmente la rabia se fue apoderando de mí y me crecí. Descompuesta le estrechaba la mano mientras con la otra le pasaba por la cara folio tras folio que mi esposo me alcanzaba. Le conté todo, de principio a fin, y sentí un gran alivio al hacerlo. Cuando me volví hacia Doña Beatriz, sonreía, y mientras le ahuecaba los almohadones a la señora Tanaka se volvió y dijo para mi vergüenza: "¿Y tú crees, niña, que con todo eso matarás lo que ella siente?" Visitas pagadas al colmo (5)Fé y Duda en el torrente sanguíneo: Fé exclama ilusionado: "¡Dime algo que no pueda conseguir! ¡Venga, dime algo!" Duda le contesta irreverente: "Convencerme". Pasa el tiempo, Fé sudando le dice a Duda: "Tienes razón, eres un terco; pero no creas que conseguirás desanimarme." Duda dice: "..a lo mejor..." Al final, Fé se tumba en un sillón y resollando suspira: "En otra vida será Duda, ¡en otra vida te venceré!" A lo que Duda responde: "...eso será si nos volvemos a encontrar, que ni se sabe..." Una muerte digna con tocadiscos de maleta![]() Soy la muchacha más feliz del Japón, e incluso del mundo. ¡Amigas, he venido atraída por la llamada del amor... AMIGAS Alegría... BUTTERFLY ...he venido a los umbrales del amor... AMIGAS ...alegría, dulce amiga... BUTTERFLY ...donde se recoge la felicidad del que vive y del que muere! AMIGAS ...pero antes de cruzar el umbral que te atrae, vuélvete y mira, mira las cosas que amas, ¡mira cuánto cielo, cuántas flores, cuanto mar! ________________________________________________ La muerte. Prefiero no pensar en ella, llegará y estaré preparada, lo sé, como han llegado tantas otras cosas que también me encontraron sin tener que dar rodeos. Tampoco consideraré las opciones “desenchufarme”, “no dejarme vivir” porque sólo Dios conoce la fuerza que me corre por las venas, y que no pienso rendirme jamás por muy mal aspecto que parezca tener la cosa. Pero, cuando ni siquiera se sepa con certeza si tengo o no tengo conocimiento, que se tenga en cuenta que necesitaré escuchar las voces de las personas a quien quiero, y música. Y quiero rosas y violetas (qué lástima de mala fama, con lo bonitas que son). Y sabor a piel de naranja en los labios. Y sobre todo, que me cierren los puños bien fuerte para que donde quiera que entre llegue dispuesta a volver a levantarme, y para que no me deje ni mi cielo, ni mis flores, ni mi mar; ni nada de lo que he amado. Pepe Hierro, "Tierra sin nosotros" 1947![]() Viene, se sienta entre nosotros, y nadie sabe quién será, ni por qué cuando dice nubes nos llenamos de eternidad. Nos habla con palabras graves y se desprenden al hablar de su cabeza secas hojas que en el viento vienen y van. Jugamos con su barba fría. Nos deja frutos. Torna a andar con pasos lentos y seguros como si no tuviera edad. Él se despide. ¡Adiós! Nosotros sentimos ganas de llorar. Es un recuerdo lejano......casi imposible, de un tiempo pasado, casi improbable. El viejo sofá de mi padre, último vestigio de su paso por nuestras vidas, desaparece de la casa de mi madre para no volver jamás. Hoy nos hemos decidido a desprendernos de él. Alguien lo meterá en su casa, le dará el sol, lo usarán para leer. Fue la última persona que lo usó, y allí no ha habido un alma capaz, siquiera, de apoyar un bolso. Tengo que reconocer, muy a mi pesar, que ese sillón era de la persona que más he querido y más he temido. Buscando su aprobación pasaba las horas muertas sentada a sus pies, cuando hacía buen tiempo y a él le acompañaba el ánimo; o bajo la ya famosa bolsa del pan, cuando amenazaba tormenta o enfado rutinario. Aún con eso y con todo, era un señor muy salao. Andaluz. Acostumbrado al trato deferente. Al machismo de andar por casa. A bandeja. Vaso. Vino. Tabaco negro. Carrusel deportivo. Y además era guapo, moreno, con unos ojos verdes que quitaban la respiración a las buenas y a las malas. Tuvo mujer y seis hijos, y a todos los quiso igual de mal. Amigos, muchísimos, incontables. Allí por donde caminara amanecía alguien dispuesto poco menos que a dejarse sacar un hígado si es que lo pedía. Qué grande eres. Qué padre tan grande tienes. Y yo asentía. Y sonreía. Debió también ser bastante infeliz y padecer lo suyo, tenía puntas de risa que se le caían de la cara volando, y volvía al rictus temible acompañando la maniobra con el ruido de la piel de sus manos restregándose la una contra la otra. Qué rudo. Y qué horror. Una noche, cuando cayó enfermo y andaba muriéndosenos en la casa (proceso que duró más de seis meses) lo encontré tirado en el baño, llamándome. De entre todas sus hijas yo era la única que aún temiéndole más que a una vara verde, nunca le rehuía. Mis hermanas ya le habían enseñado los dientes, y la herida, y él debió ver que no podría confiarles sus porrazos nocturnos sin necesidad de esperar un estufido. Me levanté y le ayudé a volver a su cama, pesaba muy poco, amarillo, con los ojos hundidos. La piel de sus manos se había afinado y ya no parecían capaces de hacer ningún daño. Aprendí un día detrás de otro, una hora tras otra en interminable sucesión a sentir lástima. Le miraba e imaginaba que allá donde estuvieran apuntados sus pecados, se los estaban cobrando día tras día, abonando uno por cada quejumbrosa respiración que acompañaba con un ay, nocturno y diurno. Hasta que se le encharcaron los pulmones, hizo un sonido como de radio mal sintonizada y murió. Fue un señor imponente, con clase, que vestía bonito, que fuera de su casa fue muy respetado y dentro temido. Que se sentaba en un sillón muy parecido a ese, y que pálidas, observamos en su salida, sin decir ni pío, mientras lo sacaban mansamente entre unos pocos hacia fuera de la casa. Un recuerdo, ya está dicho, imposible e improbable. Baño en el OrinocoSe levantó preso de una gran excitación. Apagó la máquina de revelar y entregó los sobres a la encargada del mostrador, recibió su sueldo de viernes y salió del laboratorio fotográfico. Una de sus botas se había agujereado y por ella entraba el agua de la lluvia, empapando su pie en charcos insolentes y aleatorios que siquiera se esforzaba en esquivar. No llevaba paraguas, ni manga larga, hacía frío, pero eso no le devolvió a la realidad; seguía pensando en las vidas que acababa de contemplar, aquellas que le llenaban de placeres ajenos. Llegó a la cancela de su casa y abrió el buzón, nada, no había nada. Tomó el ascensor y tras él, su puerta. La enfermera se cruzó con él en el quicio y se despidió, "adiós, está a punto de acabarse esta cara, ya le dará usted la vuelta cuando eso ocurra". Entró en casa, su esposa le esperaba echada en la cama, medio chalada y con el tocadiscos puesto, escuchando una y mil veces la misma canción. El pasó por el marco de su habitación y levantó una mano como único saludo. Ya habría tiempo para afrontar lo que hubiera que afrontar. Pero no inmediatamente. Se sacó el abrigó, se echó en la cama, cerró los ojos. Escarbó en sus bolsillos y rescató una fotografía que se había apropiado sin permiso. En ella, una hermosa mujer mandaba besos a la cámara, muchos, como loca, mientras la cobriza capa de aguas del Orinoco se secaba sobre su piel. Tomó la fotografía y la estrechó contra su pecho, rodeó el contorno de su cara con los dedos y sonrió esperando respuesta. No la hubo. No supo si la habría algún otro día. El disco acabó su periplo y cerró de un portazo todas las ilusiones. "¡Ven! ¡ponlo de nuevo!¡que me pierdo el baile!". El abrió lentamente el cajón de la mesilla de noche y mientras se tiraba del sueño reconociéndolo imposible, colocó su tesoro junto al casi centenar de fotografías robadas de mujeres que yacían en el fondo del cajón, y que habían sido inmortalizadas mandando besos, mirando a cámara y sencillamente sonriendo con un amor en los ojos absolutamente envidiable. La plaza del AlamilloAunque en un principio supuse que sólo me pasaba a mí, con el tiempo he descubierto que mucha gente tararea notas musicales cuando está pensando. En el bar, si te sientas junto a alguien que lee el periódico en la barra, puedes oírlo, es apenas perceptible porque suele hacerse muy bajito, pero se trata una pequeña nota musical mantenida. Está ahí, podéis creerme, y lo está en boca de otras muchas otras personas al mismo tiempo; para comprobarlo sólo hay que ponerse junto al camarero cuando reparte cucharillas sobre los platos. O en la esquina del vendedor de cupones, que es experto tarareador. Cuando uno se pone al corriente de algo así, la vida cambia y lo hace para siempre. Yo, que siento especial debilidad por esta circunstancia en los enamorados, entro en las floristerías y finjo estar esperando turno. Dejo pasar a todos hasta que doy con ese que afinadísimo, espera que le despachen un impresionante ramo y rellena una tarjeta corazón en mano y sonriendo hasta que le dan la cuenta. Pero también me apasionan las personas que estando distraídas, sentados por ahí en cualquier soportal y a lo suyo, entonan ese delicadísimo sonido cuando dejan volar sus pensamientos felices. Incluso otros en la misma sintonía que la mía, suelen acercárseme porque se ve que no lo hago mal del todo. Una tarde congregué a un buen número de escuchantes, cuatro, nada más y nada menos. En definitiva, he comprobado que las personas somos capaces de musicalizar los recuerdos más hermosos de forma que rememorándolos, sonamos y lo hacemos de forma armónica. Es algo descabellado, y comprendo su cara de estupefacción, pero he de advertir que yo ni soy tan cursi como para inventármelo, ni he bebido, y si me atrevo a contároslo es tan sólo para que comprendáis lo que siento cuando visito la Plaza del Alamillo. La Plaza del Alamillo se encuentra en el centro de mi ciudad, y en ella ocurre a diario un hecho insólito que lleva de cabeza a propios y a extraños. Se oye música. Una misteriosa aunque muy agradable música que sube y se eleva rozando las copas de los árboles y el cielo mismo, para volver a bajar envuelta en toda clase de aromas, acariciando con delicadeza. Tibia, fértil. Los investigadores no han podido averiguar a día de hoy qué tipo de melodía es porque depende de la época del año, del número de personas que concurran allí a la misma hora y de una serie de factores adicionales que hacen imposible determinar su procedencia. Nadie. Nadie tiene capacidad ni medios suficientes como para adivinar de dónde sale la música que se oye en la Plaza del Alamillo. La gente acude a ese lugar sólo para sentarse a escucharla. Algunas opiniones apuntan a que quizá se trate del silbido de las corrientes de aire filtradas por los callejones que rodean a la plaza, fenómeno que justificaría con suficiencia las variaciones a las que está sujeta; y otras insinúan que se trata del sonido de las hojas de los árboles y de los adoquines del suelo al ser pisados por los transeúntes, en combinación con el chorro de agua de la fuente. La mayoría dice que debe ser cosa de un bromista, pero aclaran, con una sensibilidad musical extraordinaria. Podría, si quisiera, sacarles de dudas y abrirles los ojos a la verdad, decirles de dónde sale realmente ese sonido. Pero aguardo, y respeto el misterio, y camino durante varias horas a diario sólo para sentarme, en estos tiempos que corren, a escuchar y a empaparme de lo que se escucha, aquí, en la Plaza del Alamillo. La música del corazón. Julio Cortázar, "Rayuela: capítulo 7"Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja. Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua. Calentando en la banda![]() Tarjetero: aplíquese con flores![]() El día que ibas a volver me sentaba en la puerta unas horas antes, sólo por disfrutar el placer anticipado de verte llegar cientos de veces en mi cabeza. Y cuando realmente aparecías, con tu paso apurado, inclinando la cabeza extrañada de no verme correr hacia ti; cuando de veras cruzabas la plaza para tomarme la mano y cubrirme de besos, apenas sí podía respirar. Cómo podría olvidar aquella desesperación y tu imperiosa necesidad de estrecharme, tocándome el pelo y la cara y las manos, y el pelo y la cara y las manos otra vez, como si quisieras hacerme entrega de lo atrasado a la fuerza, como si eso fuera posible con la presión de tus brazos alrededor de mi cuerpo. Ahora estás aquí, y parece que ya no te irás. Por eso, si alguna noche crees adivinar entre las sombras a alguien, seré yo. Y las otras, también seré yo. Me sentaré a tu lado, te miraré mientras duermes; tendré que atarme las manos a la espalda porque sólo Dios sabe cuánto me cuesta no poder acariciarte o echarme a tu lado hasta quedarme dormido; pero no lo haré, no. No porque no quiero perderme esa sonrisa en tus labios mientras sueñas tenerme en tu regazo, acariciando mi pelo, mi cara...mis manos. ![]() . . Aquí os dejo encargadas las macetas. Alguien, no miro a nadie, tiene que hacerse cargo de echarles algo de agua estos días. Estaré fuera unos cuantos. Pero vuelvo, vuelvo pronto, y no me olvido ni me dejo a nadie. Un abrazo muy apretado. Mucho. Y ahora sólo me falta una cosa... La amante inoportuna![]() -¿Sabes que han pasado casi dos años y todavía siento algo por ti? | |